Sacarle algo bueno a cualquier fruto del semi desierto es cosa imposible, mínimo harto difícil.
El calcinante ambiente de Villa de Arista no tiene piedad de nada ni de nadie: los ardientes rayos del sol caen inclementes sobre la reseca tierra.
Más sin embargo, para la gente noble, ruda y fuerte hasta lo imposible, para esa gente que a diario sobrevive en ese hostil ambiente hay cosas que asombrosamente se logran.
Existe un artesano, cuyas manos y esfuerzo mantienen con vida una tradición que nació para llenar de belleza los templos, cementerios y hogares rurales con bellas artesanías que se elaboran con la Flor de Sotol.
Se llama Rolando Viera, un artesano y orgulloso campesino, quien a mano y con sencillas y rudimentarias herramientas, muchas nacidas de su ingenio y necesidad, da forma a una planta del desierto, la planta del sotol que crece en medio de la aridez del semidestierto de Villa de Arista y su reino se extiende más allá de donde nuestra vista se pierde, entre cerros y una llanura tan inmensa como despiadada.
Don Rolando empieza desde muy temprano su tarea, el proceso es difícil, pesado, lejos del taller que tiene en su hogar, en los cerros del Altiplano, donde crece la materia prima, el sotol, una planta del desierto que reclama paciencia para llegar al punto que merece dar de si.
Primero hay que encontrarla, seleccionarla y enseguida, bajo el inclemente sol, Rolando y sus ayudantes recorren veredas hasta ubicar las plantas a trabajar.
Y es que no cualquier planta de sotol sirve para el trabajo final. La elección es clave.
Con herramientas especiales cortan la planta y la cargan a hombro para ser llevada hasta el taller, y de ahí lo que sigue es un descenso cansado y agotador.
Esta labor es apenas el comienzo de una tarea agotadora, que pone a prueba, el arte, ingenio, tiempo resistencia y la creatividad del artesano.
Una vez en el taller, el trabajo se vuelve más minucioso, hasta convertirse en arte.
Penca por penca se retiran espinas, en un proceso lento y muchas veces doloroso, pues las espinas no tienen piedad y parecen cobrar venganza contra esas manos que las cortan y trituran.
Todo este trabajo acarrea dolor y sufrimiento, pero la experiencia cuenta mucho y permite avanzar hasta lograr darle forma a las figuras que al final dan vida a maravillas que llenan de orgullo a sus creadores.
Tras el proceso, esa tarea que comienza la transformación de una casi olvidada planta del agreste semidesierto potosino pronto da vida a una pieza de arte.
No es fácil, hay que saber seleccionar las ¨conchas¨ más firmes y estéticas ya que son fundamentales para un buen acabado final.
Con mucha paciencia, Rolando y su gente ensamblan las piezas elaboradas y dan forma a figuras denominadas chimales, también en flores arreglos, cruces y las llamadas “Portadas de Parroquia”.
Estas últimas son estructuras ornamentales que enmarcan altares durante las tradicionales celebraciones religiosas o las bodas, quince años y fiestas tan tradicionales de nuestro pueblo.
Durante el trabajo en el taller, familiares y ayudantes colaboran en el proceso, encontrando en este oficio una fuente de ingreso, que, aunque modesta, es constante y ayuda a sobrevivir en estas regiones tan olvidadas de todo mundo.
Muchas de las herramientas usadas han sido diseñadas por el propio Rolando y adaptadas a las exigencias de un trabajo que no tiene manuales ni procesos establecidos o industrializados. Puro arte y corazón.
Hay un pero, esta tradición enfrenta desde hace rato un futuro incierto. Cada vez son menos los que desean aprender el oficio, las nuevas generaciones , atraídas por otras oportunidades han dejado de interesarse en este trabajo que exige además de esfuerzo físico, sacrificio, conocimiento del entorno y dedicación prolongada.
“Es pesado, pero es parte de nuestra tradición e identidad”, afirma Don Rolando, consiente de que su labor no solo produce adornos, sino que preserva una rica herencia cultural muy representativa del Altiplano Potosino.
Hoy, entre espinas, polvo y creatividad, la flor de sotol sigue floreciendo en manos de unos cuantos artesanos para privilegio y goce de quienes admiramos este trabajo, en espera de que alguien más esté dispuesto a cargarla, darle forma para proveer de vida, larga vida a una tradición que lucha por su vigencia.

JEJ/castigo

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